Desfile en blanco y negro

Nos gusta desfilar, y nos encanta que a quien ve nuestro paso, le guste nuestro desfile. El pasado mes de julio Maru Fotografía nos vio así, en blanco y negro. A todos menos a dos, nuestra Abanderada Ifantil y nuestro Capitán Cristiano.

Moros y Cristianos 2017

Con más relajación, así afrontamos el año posterior a la Embajada en los Caballeros del Rey Fernando, algo que sin duda cualquiera de estas imágenes vale más que todas las palabras con las que describir los Moros y Cristianos de 2017 para nuestra comparsa.

Las Obras de Inmaculada Rodes y Amelia Gutiérrez, premiadas por el jurado del I Certamen de Relatos Históricos Caballeros del Rey Fernando

El jurado del I Certamen de Relatos Históricos organizado por la Comparsa Caballeros del Rey Fernando ha dado a conocer los nombres de las premiadas en esta primera edición, con un acto público celebrado el martes por la noche en los Pozos de Cremós que contó con la presencia de comparsistas así como de personalidades del ámbito festero con los embajadores Moro y Cristiano y la Armengola 2017 además de una representación de la Asociación de Fiestas Santas Justa y Rufina con su presidente, Pepe Vegara a la cabeza. La obra ‘La Batalla’, de Inmaculada Rodes Bernabé, fue la ganadora del primer premio mientras que Amelia Gutiérrez fue acreedora del segundo con el relato titulado ‘De cuando estuve en Uryula’. El jurado destacó la calidad de ambos trabajos.

En esta primera edición se tuvo que dejar desierta la categoría infantil debido a la falta de participación, aunque la voluntad de la Comparsa Caballeros del Rey Fernando, tal y como expresó su presidente, Juan Francisco Martínez, es la de intentar involucrar para próximas ediciones a los centros educativos de la ciudad desde el inicio del curso para que puedan tomar parte en este concurso, en el que se solicitan relatos relacionados con la Historia de Orihuela y con el Rey Fernando III El Santo, bajo cuyo mandato su hijo, el Infante Alfonso, reconquistó la ciudad para el bando cristiano. El objetivo no es otro que dar a conocer la figura del monarca que da nombre a la agrupación festera.

El presidente de la Asociación de Fiestas, Pepe Vegara, aseguró que la comparsa contará con la colaboración del ente que agrupa a todos los festeros y festeras para que este certamen pueda seguir creciendo de cara a próximas ediciones.

Relatos premiados:

Primer Premio: ‘La Batalla’, de Inmaculada Rodes Bernabé

El canto del gallo resonó en el cuarto.

―Es la hora― se dijo Rodrigo, levantándose con  determinación del mullido lecho. Ceremoniosamente se aseó y comenzó a vestirse. El jubón y los calzones le quedaban algo escasos. Con determinación se ajustó el cinturón y colocó en el cinto su preciada espada.

―Hoy demostraremos a todos nuestra valía― le dijo a  su arma, como si ésta, su compañera de tantas justas inocentes, pudiera responderle.

―En breve entraremos por fin, en batalla.

Bajó los escalones con decisión. En la sala, junto al fuego que crepitaba en la gran chimenea, su padre, don Alfonso de Aroza y Núñez, lo aguardaba.

El anciano le suplicó con tono de desesperación.

―¡No lo hagas!

―¡Yo voy a la batalla, es mi obligación, soy caballero del rey, pero tú…eres demasiado joven!

―¡Lo venderé todo! Partiremos a otras tierras, y empezaremos una nueva vida en Castilla, en un lugar donde nadie nos conozca.

Los ruegos de su padre le conmovieron.

En un rincón del amplio salón, Rodrigo distinguió la silueta de su madre. Sollozaba en silencio. Consciente del inminente peligro que acechaba a su hijo, la mujer le miraba suplicante.

―¡Padre!― se sobrepuso Rodrigo, ―ya hemos hablado de esto. Es también mi deber defender a la ciudad de las huestes almohades. El rey nuestro señor, fue muy generoso regalándonos estas  tierras  que  nos  han  acogido  y  alimentado;  son  nuestras y ahora tiempo es de defenderlas…! Yo soy sangre de su sangre, padre y… lucharé con honor!

Unos golpes secos, enérgicos, de la aldaba en el portón principal resonaron como un estruendo. Al instante, un agitado joven irrumpió arrebatadamente en la estancia.

―¡Vamos Rodrigo, apresúrate, la tropa ya está formando, en breve estará presta a partir!

―¿Qué haces ahí parado como un palo?, ¡Venga, corre!― y al tiempo que gritaba, aquel muchacho espigado, de tez clara y expresivos ojos azules, dio media vuelta y salió raudo. Rodrigo, contagiado por la agitación de su amigo le siguió.

Corrieron por los callejones en dirección al Arrabal. Conocían bien cada rincón, cada esquina, cada palmo de aquellos lugares, testigos de sus juegos infantiles.

Sin duda Gonzalo era su mejor amigo, se decía Rodrigo. Las familias de ambos habían llegado a Orihuela, -la Uryüla de los Almorávides-, con los caballeros y hombres buenos, a los que el rey castellano había otorgado el derecho de colonizar estas tierras para castellanizarlas. Eran tiempos convulsos y el rey, magnánimo, había tenido a bien otorgar posesiones y prebendas a sus leales  servidores en aquellos territorios fronterizos.

Emparentados con Don Guzmán de Rocafull, la familia de Gonzalo tenía gran predicamento en la ciudad, aunque sus títulos y posesiones no igualaran a las de su poderoso pariente. Por su parte Rodrigo era el único vástago de sus padres, pues ninguno de sus tres hermanos mayores había sobrevivido a la infancia. Por tanto era el heredero de una extensa hacienda y cuantiosa fortuna, que de no haber nacido él, varón, hubiera sido devuelta a la corona.

Atravesaron la calle de la Feria, esquivando al gentío que se arremolinaba alrededor de carros y carretas cargados de mercancías. El ansia de los ciudadanos por aprovisionarse de víveres, hacía que los aturdidos carreteros apenas pudieran avanzar entre aquel mar de seres desesperados.

Enfilaron por la calle Mayor, que se hallaba abarrotada por hombres de todas las edades, armados algunos, de manera rudimentaria. Se dirigían apresuradamente, al igual que ellos, a cumplir con su destino. Conforme avanzaban, entre los presentes el entusiasmo y los gritos iban en aumento:

―¡Muerte hoy a los traidores!

―¡A las armas, por Castilla!

―¡Por nuestro rey y señor, don Fernando!

Las mujeres los veían pasar, emocionadas algunas, temerosas las más, ante la reyerta que se avecinaba.

Rodrigo miró de reojo a su amigo. ¡Qué gallardo parecía!

Ataviado para la batalla, con los protectores y el chaleco de cuero tachuelado, su silueta había ganado en robustez y prestancia. Sus cabellos rubios destacaban sobremanera bajo el casco de  hierro.

Desde hacía un tiempo veía al muchacho con otros ojos. Incluso se ruborizaba si por casualidad sus manos se rozaban, o sus cuerpos se juntaban en alguna de sus muchas peleas juveniles. Este nuevo sentimiento, desconocido hasta entonces, le desconcertaba y le había obligado a ser más cauto, a estar siempre en guardia, manteniendo las distancias.

Llegados a la explanada, al final del Arrabal, encontraron grupos de lanceros formados en columnas de a diez. Los caballeros, pertrechados en sus monturas, iban agrupándose bajo el pendón  de Castilla y de Orihuela. El Capitán gritaba enérgicamente sus  órdenes. A un redoble de tambor, los infantes iniciaron la marcha.

Gonzalo y Rodrigo avanzaban con aquel pelotón. Uno junto al otro se dejaban llevar. A la voz de -¡al ataqueee!- los combatientes provocaron una algarabía. Todos corrían, los gritos arreciaron, el polvo impedía ver con certeza hacia dónde dirigirse entre aquella amalgama de cuerpos y armas. Sin saber cómo los dos amigos se vieron en medio de la batalla.

Sabían luchar, lo habían hecho cientos de veces con su instructor. Formaba parte de su educación como futuros caballeros. Si bien Gonzalo era más hábil con la espada y la maza, pues tenía más fuerza que Rodrigo, éste se movía con más ligereza y astucia. Pero la guerra no era como los entrenamientos. Apenas si podían ver, y golpeaban a diestro y siniestro, intentando desviar los envites de los musulmanes. La confusión y el caos reinaban por doquier.

Tras horas de encarnizado combate, las tropas enemigas iniciaron la retirada.

―¡Padre estará orgulloso de mí!―se dijo Rodrigo, parándose  a mirar a un grupo de infantes, que cerca de él empezaron a jalear la victoria. Distraído, descuidó su retaguardia. Cuando fue a darse cuenta, un brillo metálico se le venía encima. A duras penas esquivó el golpe de aquel alfanje, que seccionó limpiamente su grueso chaleco y sus ropas, dejándole el torso casi desnudo. Instintiva y mecánicamente se agachó y giró sobre sí mismo, al tiempo que sacaba de su bota un puñal corto que llevaba oculto. Con determinación, se lo clavó a su atacante que profirió un grito desgarrador mientras caía de bruces. Libre de su enemigo, Rodrigo, se apresuró a intentar recomponer los girones de su camisa, que habían dejado al descubierto “su gran secreto”. De repente un dolor agudo en el hombro lo paralizó. Frente a él, un almohade furibundo, le clavaba una lanza en el hombro. Todo sucedió tan rápido que apenas si se dio cuenta de lo que pasaba. Vio su sangre saliendo

arrebatadamente. Distinguió a Gonzalo que, angustiado a su lado, lo sujetaba. Percibió el miedo en su rostro. Escuchó su voz que le sonó lejana, muy lejana; pese a que parecía gritar.

―¡Vamos amigo resiste,… no te mueras!

―¡Voy a sacarte de aquí!

Pero Rodrigo ya no podía oírle. ¡El engaño había terminado! En aquel campo de batalla, ¡por fin! Blanca de Aroza dejaba de ser Rodrigo y recuperaba su verdadera y legítima identidad. Herida de cuerpo, pero libre para ser ella misma, la muchacha sonrió dulcemente a su incrédulo y desconcertado amigo, al tiempo que apretaba su mano con sus escasas fuerzas sobre sus pechos, al descubierto, libres de mordazas.

A lo lejos, las campanas repicaban por la victoria de aquel legendario día.

FIN

Segundo Premio. ‘De cuando estuve en Uryula’, de Amelia Gutiérrez Serrano

Caminando por las antiguas callejas de Orihuela, puedo llegar a imaginarme como seria la vida en aquellos tiempos en los que sus habitantes eran mudéjares de grandes ojos oscuros y piel cetrina, conviviendo con cristianos viejos; y  cómo serian aquellos últimos años, antes de la reconquista definitiva de la ciudad a manos de rey don Jaime I,  después de 8 largos siglos de ocupación musulmana.

Y puedo imaginar  la vida diaria  de sus gentes, relativamente apacible.

Y puedo imaginar a los hombres saliendo al amanecer a trabajar la cercana huerta, cuyo sistema de canales y acequias todavía  perdura hasta nuestros días.

Otros, trabajando en sus comercios de comestibles, en sus talleres artesanos o en cualquier otro oficio tradicional, algunos ya seguramente desaparecidos, como muchas otras cosas  por falta de demanda.

Puedo oler los aromas de la calle. Muchas especias en el aire y también olor a caballería.

Puedo imaginar a las mujeres en sus quehaceres diarios; trasegando en sus hogares, deambulando por la cuidad, lavando en el cercano río u horneando sabrosos dulces de almendras y miel.

Y sobre todos ellos puedo imaginar la soberbia estampa del castillo en la montaña con todo su esplendor,  cuyo alcaide Benzaddón  dirige y gobierna la  vida de los lugareños.

Imagino una ciudad muy poblada; como casi todas las ciudades árabes, soleada, con mucha vida, ruidosa  y alegre.

Hay gentes humildes con ropas sencillas  y  otras con  elegantes vestimentas de seda.

Fátima y su marido, Abbu-I-Kasim, viven en el arrabal Roig con sus tres hijos, Muley, hakim y Raisa. Tienen una casa de dos plantas. En la planta baja tiene su negocio de alfarero Abbu-I-Kasim, el piso superior está destinado a vivienda. Se levantan temprano, casi al amanecer, el almuecín de la cercana mezquita aljama los despierta. Los niños corretean por el laberinto de callejuelas con los otros niños del barrio (todavía son pequeños para asistir a las enseñanzas coránicas que el imán imparte en el patio de la mezquita), mientras tanto, su madre se ocupa de la casa y se acerca al cercano mercado donde compra todo lo necesario para el guiso del día, en esta ocasión  un  buen cordero con verduras.

Aprovecha para enterarse de las ultimas noticias que circulan por la cuidad; las cosas están difíciles, se rumorea que los cristianos están avanzando rápidamente por el norte ocupando las ciudades vecinas El futuro es incierto y regresa a su casa con cierta  preocupación.

La convivencia con los cristianos que hasta ahora había sido razonablemente tranquila, en los últimos tiempos se ha tornado  en algo hostil.

Abbu-I-Kassim está en su obrador, mitad tienda mitad taller, en donde fabrica toda clase enseres de arcilla y barro. En el horno cuece ánforas, lámparas de aceite y todo tipo de vasijas.

A la caída del sol, cierra la gran puerta de dos hojas de su negocio y se dirige al otro lado el río, en dirección al Zoco. Allí se reúne todas las tardes con sus amigos. Intercambian noticias, resuelven problemas, charlan acerca de los últimos acontecimientos y deciden la mejor opción en caso de que tengan que abandonar la cuidad. Esperan, desean y confían en que todo salga bien

En los últimos años las revueltas  y los conflictos han sido frecuentes.

De regreso a su casa, Fátima lo espera con gran temor, las noticias no son nada halagüeñas.

El tiempo transcurre  entre el miedo y la expectación.

Los ánimos están revueltos y los mudéjares con Benzaddón al frente planean una sublevación en contra de los cristianos, pero fracasan en el intento.

Toda la ciudad se prepara para lo peor.

Y  por fin llega el momento que todos temían.

Imagino a Fátima recogiendo todos los enseres que sean capaces de llevar consigo, algo de ropa y poco más. En un gran cesto de mimbre coloca toda clase de alimentos para el camino. Abbu-I-Kassim se dirige al establo y enjaeza la mula. Los niños lloran asustados, y ella intenta tranquilizarlos susurrándoles entre sollozos que todo está bien.  Abandonan la cuidad al amanecer.  Mientras  se alejan  se van uniendo a otros vecinos que han hecho lo propio.

Juntos se dirigen hacia el sur, en dirección a Granada, tal vez allí tengan otra oportunidad  de empezar de nuevo.

Alejándose de la cuidad escuchan al almuecín llamando desde el minarete de la mezquita Mayor a la primera oración del día.  Quizás sea su último llamado.

Días después, se enteran de que la Uryula donde nacieron, criaron a sus hijos y fueron felices, fue finalmente invadida por las tropas cristianas.

Definitivamente ya nada será igual, tan alejados de su hogar, en otras tierras y con otras gentes.

FIN